viernes, 2 de junio de 2017

EL SIGNIFICADO DEL ASCO. Colin McGinn. Cátedra. 2016.



         
El tema, escribe McGinn, es delicado y repelente de ahí que avise: Este libro tiene un problema de decoro. Evasivas y eufemismos son la norma cuando se habla de cosas asquerosas pero también, añade, se trata de una historia interesante cuando no apasionante. El asco pertenece con el miedo y el odio a las emociones repulsivas pero hay notables diferencias entre ellas. El miedo es defensivo y mira al futuro; el odio, es agresivo y mira al pasado. El asco es una emoción estética  ligada a la apariencia del objeto y a la repulsión que provoca. Sentir asco lleva a evitar el contacto con el objeto asqueroso pero no es algo agresivo ni defensivo. Está ligado a los sentidos de la vista, el olfato, el tacto y el gusto. Solo el oído está libre de estímulos asquerosos. En el miedo y el odio la apariencia puede ser engañosa. Lo que pensamos peligroso puede no serlo; aquel que suponemos que nos hizo daño y por eso lo odiamos, puede no haber sido el causante de nuestro mal. En el asco no se produce ese tipo de errores: es la apariencia del objeto la que provoca el asco.
Para McGinn, hay nueve categorías de objetos asquerosos. La primera, el cuerpo en descomposición, no tanto el de un fallecido reciente como el de aquel en que se haya ya iniciado el proceso de putrefacción. El asco es máximo en estas primeras etapas para ir disminuyendo a medida que el proceso avanza. En su estadio final, el esqueleto limpio de carne, ya no induce asco. Las partes “muertas” de un cuerpo vivo asquean como el cadáver: miembros con gangrenas, por ejemplo y los muertos-vivos como los zombies de ficción, con sus pedazos de carne podrida colgando o los leprosos comparten esa repulsión pero los nuevos vampiros de los filmes ya no provocan, como los antiguos, esa emoción. Tambien los amputados, decapitados o castrados son repulsivos. 
La segunda categoría de objetos asquerosos son las excreciones corporales: heces, orina, sangre mestrual, mocos, vómitos, pus, saliva, sudor rancio, caspa, mal aliento... Hay algunas excepciones como las lágrimas que son transparentes e inodoras, el sudor fresco y los labios húmedos. En uno de sus libros, el (anti) psiquiatra Ronald Laing proponía el siguiente experimento para mostrar a sus alumnos la relación del asco con estas excreciones: traiga saliva a la boca; déjela un rato en la boca; vuelva a tragarla. Ningún problema. Haga la misma operación pero deposite esa saliva sobre un vaso de agua pura. Intente ahora beber el agua con su saliva flotando. Muchos no podrán hacerlo. 
La tercera categoría de McGin la forma todo lo crece sobre o dentro de nestro cuerpo: granos, acné, verrugas, forúnculos, heridas, costras, sarpullidos, quemaduras, deformidades, lunares, vello anormal, tumores, quistes, obesidad, desproporciones, piel suelta, arrugas, varices... La piel, dice McGinn, es una cornucopia de objetos desagradables de ahí el poderío de la industria cosmética destinada a ocultar esas imperfecciones. El pelo por ejemplo. ha sufrido desde hace algunos años una evolución hacia el depilado sobre todo en mujeres. El vello axilar o las cejas muy pobladas son ahora repulsivas como el vello de las piernas o el púbico. Una espalda pilosa en hombres es ahora repulsiva y el vello excesivo del pecho y  piernas y por supuesto, los pelos seniles de naríz y orejas, lo son también. En las mujeres, solo una cabellera abundante está libre de esas aversiones. Los callos del trabajo, se aceptan, los piercing, se toleran según su localización mientras que los tatuajes empiezan a normalizarse a pesar de que dan a la piel un aspecto sucio. 
La cuarta categoría es menos habitual. La forman las visceras de nuestro interior que solo podemos contemplar en ocasiones como accidentes o heridas que exponen esos órganos a la vista. También los agujeros (ano, vagina, boca,) que son entradas a ese mundo interno repulsivo por el que manan las excreciones fabricadas en el interior, comparten la repulsión. 
La quinta categoría, la forman ciertos animales: cucarachas, arañas, moscas, serpientes, murciélagos, babosas, gusanos, tenias, bacterias... La lista es grande y dispar por lo que hay que preguntarse (sin que quede claro) que es lo que une a sus miembros porque algunos animales entran en nuestras casas y roban nuestra comida y otros son portadores de enfermedades, pero no son pocos los que adoptamos como mascotas. 
La sexta categoría, las plantas, tienden al grado cero de asquerosidad y parece que solo las plantas marinas viscosas o las parásitas `pueden provocarnos asco
. La séptima categoría, es la suciedad. Suciedad, es, lo que pensamos que está sucio y su tipo primordial es la suciedad que se pega a la piel y necesitamos quitar con agua y jabón (que en si mismo como grasa, es sucio). La higiene personal que combatimos con duchas y lavados es un esfuerzo por mantener a raya la suciedad que fluye desde nuestro interior hacia el exterior y  la que se adhiere a nosotros desde el exterior pero en esa suciedad, no se incluye por ejemplo, el maquillaje que suele ser delicadamente grasiento. 
La octava categoría son los comportamientos repulsivos: sexo con animales, pedofilia, homosexualidad, sexo anal, besos negros... Aquí, advierte McGinn, hay que distinguir la emoción estética del asco del juicio moral: algo puede ser repulsivo sin que nada pueda objetarse desde el punto de vista moral. Para mucha gente, ciertos  comportamientos pueden ser repulsivos pero no los condenan cuando otros los practican.
 La novena categoría es el asco moral e intelectual: la corrupción, el hacer trampas, la crueldad, el acoso, el engaño, el egoísmo, la hipocresía, la palabrería, el plagio... Este tipo de asco deriva de los básicos y puede tener un carácter metafórico pues el asco se expande fácilmente hacia territorios que no son propiamente el suyo.

Para McGinn el núcleo duro del asco lo forman la carne putrefacta (descomposición), las heces (excreción) y las heridas (daño corporal). Los demás casos surgen  de estos tres núcleos  a partir de los que McGinn analiza las teorías propuestas hasta el momento sobre el origen del asco. La teoría de la toxicidad del gusto la propuso Darwin para quien el gusto sería el principal sentido implicado. Los objetos nos parecerían asquerosos cuando imaginamos ingerirlos y su finalidad sería, en términos evolutivos, protegernos de los alimentos tóxicos. Es una teoría que McGinn rechaza porque muchas cosas asquerosas no son ni tóxicas ni no nutritivas. La teoría del olor fétido tampoco es muy consistente por razones muy parecidas. Muchos objetos asquerosos (como las verrugas) no “ofenden nuestras fosas nasales”. La teoría de la herencia animal, según la que nos asquea todo lo que nos recuerde nuestro ancestral origen animal, tiene poca consistencia y es facilmente refutable como la teoría del proceso vital. McGinn solo considera dos teorías muy relacionadas entre sí: la teoría de la muerte y la de la muerte en vida. La muerte está siempre presente de manera cubierta o encubierta en el asco y parecería que todo aquello que nos hace recordar nuestra muerte nos produciría asco. La teoría tiene un problema inoportuno: el esqueleto. Los huesos de un esqueleto nos hacen recordar la muerte pero no producen asco de ahí que sea la segunda de las teorías mortales, la de la muerte en vida, la más consistente. Los huesos son, o nos parece, poco orgánicos. Parecen pertenecer al mundo mineral y lo mineral, no asquea. Lo que si lo hace es la muerte en medio de la vida, la vida en proceso de putrefacción o la muerte resucitada con sus colgajos de carne como en los zombies (fílmicos, claro).
En sus dos  capítulos más filosóficos (y espesos) McGinn diferencia entre la represión apetitiva (reprimimos un deseo y nos esforzamos en no pensar en ello) y la represión epistemológica, (tratamos de bloquear nuestro conocimiento sobre un hecho desagradable) conceptos que no son freudianos ni inconscientes. Estamos, dice, epistémicamente reprimidos sobre nuestra propia asquerosidad e intentamos bloquear nuestro conocimiento sobre ello: Sabemos que somos repugnantes pero tratamos de no ser muy conscientes de ello. McGinn piensa que Freud identificó de forma errónea la verdadera fuente de nuestra deseada ignorancia: Lo que desamos suprimir es acerca de nuestra naturaleza orgánica no de nuestros deseos incestuosos...  El asco serviría para rebajar nuestros deseos más egregios o para impedir que estos se apoderen de deseos perversos como la necrofilia o la coprofilia. El asco actúa como un represor apetitivo pero la represión epistémica del conocimiento sobre nuestra propia asquerosidad tiene el efecto contrario y daría más libertad a los deseos excesivos diluídos por el asco en virtud de la represión del conocimiento sobre el asco...
Al final del libro McGinn hace un ejercicio de “filosofía práctica” y analiza el papel del asco en lo cotidiano. La vestimenta, por ejemplo, además de protegernos de los elementos es una manera de neutralizar el asco aunque un grupo de “heroicas almas”, los nudistas, batallen contra las fuerzas del asco al mantener que el cuerpo “no es inherentemente asqueroso ni siquiera en sus “partes íntimas”: ¿Que podríamos decir del “nudismo extremo” en el que todas las funciones del cuerpo se realizan sin tapujos?... El nudismo, es solo creíble dentro de unos límites muy estrictos: Somos una especie social y somos una especie propensa al asco... la sociabilidad nos empuja a juntarnos pero el asco nos inclina a separarnos...”. La ropa ayuda, dice McGinn, pero lo esencial es establecer una distinción entre lo público y lo privado pues en lo privado lo asqueroso puede campar a sus anchas. Así nació el concepto de “retrete”. Sin retretes  la vida en sociedad sería muy difícil de sobrellevar y aún así conviene no imaginar en exceso; la actriz más etérea y glamourosa no resistiría si la imaginamos  en un retrete y que decir de un Jesucristo imaginado con funciones fisiológicas... Ningún creyente puede soportar esta imagen (que es verdadera) sin que sienta agrietarse su fe.  El sexo es la forma de contacto humano que pone a prueba nuestra tolerancia para el asco potencial. La experiencia sexual es una mezcla de atracción y repulsión, o “mejor aún, la atracción triunfante sobre la repulsión”. Existe una incómoda desconexión entre la anatomía humana y la psicología y dejaremos sin citar los ejemplos crudos y también cómicos, con los que McGinn ilustra sus ideas.
 Cada edad de la vida tiene sus ascos: en la adolescencia, acnés, vello corporal, espinillas, sangre menstrual o semen exigen acostumbramiento y tolerancia. En la edad adulta, la convivencia íntima en pareja y el cuidado de los hijos introducen nuevos estímulos asquerosos. En la vejez, el deterioro físico, la enfermedad, la incontinencia, son componentes del asco geriátrico. Tampoco el amor y el arte se salvan del asco y para que hablar de los modales de mesa y fisiológicos de los que Norbert Elías hizo el centro de su estudio sobre la civilización o de las palabras malsonantes o la religión que en alguna de sus variantes puede catalogar de manera muy precisa, como en el Levítico, lo que es asqueroso y lo que no en alimentos o relaciones.
En fin... libro indecoroso que tiene el decoro de ser de lectura interesante y amena en casi su totalidad*.

*Colin McGinn (1950-). Filósofo británico. Publicó más de 20 libros sobre temas diversos, en especial sobre filosofía de la mente. Su libro Ethics, Evil and Fiction, (que pude leer), es un excelente tratado sobre el Mal. En 2011 tuvo que renunciar a su plaza de la Universidad de Miami al ser acusado por una estudiante graduada de acoso sexual, (acoso negado por él), al que siguió un acalorado debate entre colegas y miembros de la universidad

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