miércoles, 4 de enero de 2017

BABEL NO MORE. The search for the world´s most extraordinary language learners. Michael Erard. Free Press.2012.



Un grupo de turistas ingleses de viaje por Italia en 1840 fueron a visitar al bibliotecario de la librería vaticana, Giuseppe Mezzofanti, que poco después sería nombrado cardenal y le preguntaron: ¿Cuántos idiomas habla usted? Mezzofanti vaciló un momento. Después dijo: Hablo 45 lenguas. ¿45?, le preguntó uno de los turistas asombrado. ¿Cómo ha hecho usted para conocer tantas…? No puedo explicarlo, ‑dijo Mezzofanti- Dios me ha concedido ese peculiar don pero no sé decir como aprendo esas lenguas… Sólo sé que cuando escucho el significado de una palabra en cualquier lengua, nunca lo olvido. A veces Mezzofanti afirmaba con humor que hablaba 50 lenguas y boloñés. Fueran 40, 50 ó 70 como aseguraban algunos que lo conocieron, la lista era asombrosa e incluía, entre otras,  árabe,  hebreo (bíblico y rabínico), caldeo, copto, persa, turco, albanés, maltés, español, portugués, francés, alemán, holandés, inglés, polaco, húngaro, chino, sirio, amárico, hindi, vasco, rumano y por supuesto, latín y boloñés. La admiración que Mezzofanti despertaba entre sus contemporáneos mereció en su momento las habituales hipérboles: fue comparado con Mitridates, el rey persa que hablaba las lenguas de los 22 territorios que gobernaba, o considerado el más grande lingüista de la Europa moderna o del mundo, como afirmaban los periódicos de la época. Ya en 1820 el astrónomo húngaro von Zach que fue a visitarlo, quedó sorprendido y admirado cuando Mezzofanti se dirigió a él en un húngaro  perfecto (idioma difícil donde los haya) y lo fue todavía más cuando Mezzofanti continuó en alemán, después en sajón y más adelante, en los dialectos suabo y austríaco. A pesar de von Zach y de los numerosos asombrados visitantes que lo frecuentaron, no faltaron los críticos más o menos sarcásticos como el barón Bunsen, un filólogo alemán, que decía que en las incontables lenguas que Mezzofanti hablaba “nunca decía nada”, maledicencia que muchos años después, Ortega, creo que era Ortega, difundiría de Salvador de Madariaga. Mezzofanti fue capaz de superar pruebas como la que dispuso su amigo, el Papa Gregorio XVI, que convocó a docenas de estudiantes de procedencia diversa ante Mezzofanti y a una señal suya, cada uno de los estudiantes se levantaba y se dirigía al cardenal políglota en su idioma de procedencia. Al parecer, Mezzofanti respondió a cada uno de ellos en su propia lengua por lo que el Papa se declaró vencido y afirmó que cuando subiera al cielo sorprendería a los ángeles al descubrir estos seres celestiales  que también él, Mezzofanti, hablaba la lengua angélica.
         Este libro de Michael Erard trata sobre los hiperpolíglotas, las personas que hablan al menos seis lenguas, aunque poco después de iniciar la investigación, Erard elevó a 11 lenguas el límite a partir del cual alguien sería considerado un hiperpolíglota. Erard piensa que en el mundo de hoy existen innumerables nichos multilingües y que el inglés se está convirtiendo en la base para la emergencia de una lengua franca mundial, ya que el 70 % de todas las interacciones diarias en inglés en todo el mundo ocurren entre personas que no tienen el inglés como lengua nativa, por lo que el inglés  está transformándose en la única lengua con más hablantes no nativos que nativos. Aprender una lengua en la edad adulta resulta complicado y Erard piensa que conocer cómo estos hiperpolíglotas adquieren el dominio de tantas lenguas ya de adultos escapando a la maldición babélica, puede ser  de gran utilidad para conocer cuáles son las bases que facilitan a los monolingües el aprendizaje de una segunda lengua. Se piensa que los seis años es el límite para adquirir un lenguaje con la fluencia y la pronunciación de un nativo debido a que las conexiones entre los sonidos percibidos y los comandos motores precisos para reproducirlos se vuelven mucho menos flexibles a partir de esa edad. Incluso entre niños criados en ambientes bilingües, en la menos usada de sus dos lenguas, es frecuente que no adquieran el acento nativo de manera perfecta. A partir de los 12 es muy raro que la lengua aprendida suene como la de un nativo y después de los 15 resulta muy difícil que tenga el acento y la gramática de un nativo. Más allá de esa edad, un adulto puede aprender palabras fácilmente, pero difícilmente las reglas gramaticales y casi nunca el acento y la fluencia de un nativo. Eso parecía no  suceder en los hiperpolíglotas de ahí el interés de Erad por entrevistar a los que hoy poseen esa facultad en el mundo e investigar en lo posible cómo lo hacían los ya fallecidos como Mezzofanti, así que Erard buscó información de hiperpolíglotas famosos ya fallecidos, y se entrevistó con los vivos que pudo localizar así como con los lingüistas, pocos, que se habían acercado a este curioso fenómeno.
         En Bolonia, a donde acudió para investigar en los archivos de Mezzofanti, Erard, después de remover documentos y notas conservadas en sus archivos tuvo que afrontar unas cuantas dudas sobre el ¿cómo? y ¿cuántas?, es decir, cómo aprendió las lenguas y cuántas hablaba realmente y con qué dominio Mezzofanti. Un hombre como él que pasó toda su infancia y juventud en Bolonia donde sólo se hablaba el boloñés[1]: ¿cómo pudo adquirir el acento y la fluencia en las numerosas lenguas que se le atribuían?. Erard supone que tres jesuitas expulsados del antiguo imperio español que eran profesores en Bolonia, lo familiarizaron con el español, sueco, alemán, francés y algunos idiomas indígenas americanos además del tagalo filipino. Otro suceso “afortunado”, la guerra entre Napoleón y Austria-Hungría, llenó los hospitales de Bolonia de numerosos soldados extranjeros con los que Mezzofanti ejerció de traductor y de aprendiz. Aseguraba que en catorce días podía adquirir cualesquiera de las lenguas de estos soldados que eran húngaros, flamencos, checos, polacos y rumanos y para ello ‑eran otros tiempos‑ les hacía rezar el Padre Nuestro en su idioma de procedencia para a partir de esa oración, iniciar el estudio en serio de la lengua. Otras dos actividades, la de traductor de extranjeros en las posadas de Bolonia y la de confessore dei forestieri, lo que en Compostela llaman canónigos linguajeros, tuvieron menos relevancia. Disfrutó pues la fortuna de vivir en un ambiente multilingüe desde la infancia que vino a él sin necesidad de moverse de Bolonia pero eso no explica su asombrosa facilidad de aprendizaje a pesar de su incansable estudio, (dormía apenas tres horas diarias) y su frugalidad (comía poco y no usaba el scaldino, un brasero doméstico).
         Charles William Russell, un cura irlandés presidente del St. Patrick College Maynooth, que se reunió dos veces con Mezzofanti en Roma en 1858, escribió una biografía reveladora: The Life of Cardenal Mezzofanti. Russell atribuyó a Mezzofanti 72 lenguas pero las clasificó de acuerdo con su mayor o menor dominio en varios grupos. Puso catorce  de ellas en un nivel bajo, lo que quería decir que Mezzofanti había estudiado la gramática y el vocabulario pero que nunca lo había observado usar en persona alguna de esas lenguas (sánscrito, malayo, frisón, quechua…). En otras siete lenguas podía iniciar una conversación y emplear algunas frases (chino, japonés, gaélico irlandés, chipewa, delaware y algunas lenguas de Oceanía). De otros dos grupos de lenguas, siempre según Russell, tenía sólo rudimentos. En once de ellas podía conversar aunque había muy pocos testigos, si había alguno, que acreditasen fielmente su capacidad (kurdo, búlgaro, galés, “peruano”, “angoleño”, “mexicano” y “chileno”). En otras nueve lenguas, hablaba menos fluidamente aunque su pronunciación era casi perfecta (vasco, algonquino, hindi…). Sin embargo, había treinta lenguas de las que Russell afirmaba que Mezzofanti dominaba y hablaba con fluencia, con pureza de acento y vocabulario y sintaxis como los nativos. Entre esas treinta estaban el hebreo,  árabe,  copto, armenio, persa, turco, albanés, griego, maltés, portugués, francés, latín, italiano, español, alemán, sueco, ruso, inglés, polaco, checo y húngaro. Todos eran idiomas que había aprendido antes de los treinta años y representaban a 11 familias lingüísticas diferentes.
         A pesar de la catalogación de Russell, Erard, seguía con sus dudas. El número de lenguas que Russell atribuía a Mezzofanti tenía resonancias bíblicas. Era el mismo número de lenguas con las que Jehová había supuestamente separado a los humanos después de la caída de la torre de Babel; quizás por eso, otro biógrafo del tiempo, Watts, eliminó algunas de las lenguas y duplicaciones del inventario de Russell y las redujo a sesenta. Curiosamente ninguno de los dos, sobre todo Russell, que era cura, invocó para explicar esta asombrosa capacidad el “don de lenguas” al que ahora apelan los modernos Pentecostalistas, sino que atribuyeron su capacidad a él mismo. Las dudas fundamentales de Erard tenían sin embargo otro origen. Afirmar que alguien domina una lengua es algo que debe ser confirmado por un oyente nativo, cosa difícil de conseguir en la Roma del tiempo, al menos para muchas de esas lenguas. Asimismo, dominar una lengua no significa lo mismo ahora que en el siglo XVIII. “Saber francés” en Harvard en esa época, era ser capaz de traducir de viva voz un texto en prosa sin que fuera preciso escribir o mantener una conversación en la que acreditar que uno hablaba francés. También, debido a su rango de cardenal, las entrevistas de Mezzofanti, eran altamente formalizadas tanto en lo que se podía decir en ellas como en la posibilidad de hacer preguntas fuera de protocolo, lo que restringía de manera notable la posibilidad de evaluar el verdadero dominio de una lengua por parte del cardenal. No es lo mismo ser capaz de leer un texto, escribirlo o traducirlo,  que entenderlo oralmente  o hablarlo. En épocas diferentes bajo la etiqueta de “dominar” una lengua, podían acogerse  una o varias de estas actividades y no fue posible para Erard determinar en cada una de las lenguas atribuidas a Mezzofanti, cuáles eran las actividades que dominaba en cada una de ellas. Si, Mezzofanti, por ejemplo, tuviera hoy que pasar el examen estándar de la Comisión Europea que mide el desempeño en una lengua, tendría que demostrar un dominio real de las expresiones y coloquialismos, ser capaz de distinguir los matices finos de la lengua de manera precisa y volver atrás y resolver una dificultad sin que su interlocutor lo notase. Dada la variedad de lentes históricas a través de las cuales es posible apreciar los criterios que señalan lo que quiere decir hablar o conocer una lengua, reconoce Erard, es simplemente imposible establecer definitivamente la habilidad de Mezzofanti en las lenguas que se supone que dominaba. A pesar de ello, Erard marchó de Bolonia convencido de que Mezzofanti aprendió y usó numerosas lenguas en un grado variable de eficiencia, ya que en su opinión y en la de otros lingüistas la competencia multilingüística no es un asunto de “todo o nada” sino “de algo y algo” y existen hoy numerosos problemas cotidianos en los que ese “algo y algo” es, no sólo importante sino a veces fatal si ese “algo” no es suficiente. Los pilotos de aviación por ejemplo, deben utilizar el inglés para comunicarse con los controladores pero salvo los nativos de esa lengua su dominio no es total sino “algo y algo”,  restringido además a la jerga precisa para hacer volar sus aviones y llevarlos a tierra a través de los órdenes de los controladores. Para que no ocurran catástrofes es preciso medir la eficiencia y extensión de ese “algo” ya que un dominio perfecto sería muy restrictivo para pilotos que son muy eficientes en sus capacidades de vuelo.
La investigación de Erard tuvo varias etapas. En su inicio buscó información de hiperpolíglotas ya fallecidos para después entrevistarse con los vivos que pudo contactar a través de Internet o personalmente. Entre los primeros había de “todo”. Probables falsarios, niños prodigio, lectores‑traductores y verdaderos hiperpolíglotas capaces también de hablar los idiomas que conocían. Eliu Burrit (1810‑1879) era un herrero de Connecticut que aprendió por sí mismo 50 lenguas pero nunca afirmó hablarlas sino leerlas y traducirlas. Fue lo bastante famoso para que los presidentes americanos de la época lo pusieran como ejemplo y se interesaran por él los frenólogos. Más sospechosos eran dos niños prodigio: Winifed Sackville (1902‑1983), del que se decía que hablaba 13 lenguas a la edad de nueve años, y su rival William James Sidas (1898‑1944) admitido en Harvard a los 12 anos.
 Emil Krebs no era un falsario. Este diplomático alemán destinado en China se embarcó en 1917 de vuelta a su país a través del Pacífico para enterarse en plena travesía de que Alemania estaba en guerra con los Estados Unidos. Como hicieron con Lenin, los americanos lo metieron en un tren sellado en el que atravesó Estados Unidos desde California a la costa este donde pudo embarcar para Alemania.  Krebs,  probablemente ignoraba que en la California en la que desembarcó, aún se hablaban en 1800 más de 100 lenguas diferentes y que en el Medio Oeste por el que pasó, los alemanes, suecos, italianos, noruegos, polacos y griegos hacían su vida cotidiana en sus idiomas de origen, lo mismo que en Nueva York. El 23 % de la población de Estados Unidos  en ese tiempo no hablaba inglés. Con la declaración de guerra a Alemania se dictaron leyes que prohibían la enseñanza del alemán, se censuraron o prohibieron  sus periódicos (499 en 1910) y se quemaron los libros en alemán. Fue el comienzo de la inglesización de los Estados Unidos que todavía hoy no está completada. Krebs, era un hombre que vivía para las lenguas de las que hablaba 32, entre ellas, el chino mandarín en el que logró tal maestría que la emperatriz lo invitaba a tomar el té para escucharlo o para que hiciera de traductor de alguna de las lenguas mongolas ya que no existía en China, el centro del mundo, tradición de conocer otras lenguas que no fueran las chinas. La tradición cristiana, al contrario, desde su inicio fue políglota, (Jesús hablaba arameo, hebreo y tal vez griego), a lo que ayudó el don de lenguas de Pentecostés con el que los apóstoles fueron dotados por el Espíritu Santo. En la vida diaria, Krebs, era persona desagradable, incapaz para las relaciones sociales,  con el que nadie quería trabajar, cosa que procuraba no hacer para dedicarse por completo a su constante estudio de lenguas que repasaba en rotación. El interés de Erard por Krebs, tenía una razón añadida. Cuando falleció en Alemania en 1930, los esposos Vogt, anatomopatólogos reconocidos, solicitaron a su familia la donación de su cerebro a la ciencia. Oskar Vogt, fallecido en 1959, procedió a la extracción del cerebro en la iglesia donde se celebraba el funeral y como la ley alemana exigía en ese trance la presencia de familiares, estos tuvieron que ver y escuchar el sonido del martillo y la sierra de Vogt mientras hacía su trabajo. Krebs volvía a compartir el mismo destino de Lenin, no solo el viaje en un vagón sellado, sino el estudio de su cerebro que también había hecho Vogt años antes, en 1924, a petición del gobierno de Stalin, al que tuvo que ocultar que los cortes microscópicos revelaban una sífilis avanzada. Sabiendo que los mayores aportes al conocimiento de cómo funcionaba el lenguaje en el cerebro habían llegado, no de los “sanos”, sino de los casos patológicos como los de Broca y Wernicke,  Erard acudió al instituto Vogt en Dusseldorf con pocas expectativas de que las preparaciones del cerebro de Krebs allí custodiadas pudieron revelar algo importante. Lo acompañaba Loraine Obler que había investigado y publicado sobre cerebros bilingües y cerebros con capacidades especiales años antes, así como sobre hiperlexia, un curioso trastorno en el que niños con discapacidades cognitivas notables eran sin embargo capaces de leer fluidamente a una edad muy precoz aunque sin comprender lo que leían. Eso indicaba que poseían una poderosa capacidad de reconocimiento de palabras. Karin Amounts, una de las investigadoras del Instituto Vogt, encontró que las neuronas de las áreas 44 y 45 de Broodman, (otro investigador del instituto), estaban organizadas en patrones más heterogéneos que en los once cerebros de control;  el área 44 del hemisferio izquierdo era mayor que la de los controles, lo que era lógico ya que Krebs la utilizaba constantemente; pero la mayor diferencia se encontraba en el área 45 del hemisferio derecho, no del izquierdo como se esperaba. Para Amounts, la facilidad de Krebs con las lenguas podría relacionarse con habilidades metalingüísticas que están a cargo del hemisferio derecho. Otros investigadores relacionan este anómalo tamaño del área 45 del hemisferio derecho con el aprendizaje de la lengua china que por su estructura tonal exige asignar un tono a cada palabra para determinar su significado y esa tarea está a cargo del área 45 del hemisferio derecho entre otras regiones cerebrales. Es improbable, sin embargo, que una sola lengua pueda producir esas modificaciones. A lo que apuntan estos hallazgos, es a que Krebs procesaba el lenguaje de un modo diferente al habitual y era muy sensible a la prosodia y entonación lo que es fundamental para el chino, pero los neurocientíficos con los que Erard discutió estos datos no se ponían de acuerdo en si eran la consecuencia de algo genético o adquirido por lo que al verse envuelto en la vieja polémica nature‑nurture, dejó de lado este apartado aunque señala que uno de los posibles trazos genéticos que algunos de estos hiperpolíglotas podrían poseer tendría que ver con el periodo crítico y la plasticidad cerebral. Estos políglotas podrían mantener en su vida adulta la plasticidad cerebral que permite a cualquier niño aprender una lengua con facilidad a partir como es sabido de un input mínimo. Para algunos investigadores el periodo crítico propuesto por Eric Lenneberg en 1960, (la adquisición automática de una lengua cualquiera por la mera exposición a esa lengua desaparece después de la pubertad) no es algo absoluto y hay adultos que han adquirido otras lenguas con la destreza de un hablante nativo incluso en frases complejas como las llamadas “dummy subjetct”. La polémica por supuesto, continúa…          
Sorprende un tanto que Erard apenas dedique un párrafo de su obra  a Georges Borrow[2], autor entre otros libros de La Biblia en España. Se decía de Borrow que hablaba doce lenguas antes de cumplir 18 años y estuvo familiarizado con más de 40 a lo largo de su vida, facilidad  que compartía con su asombrosa resistencia para caminar largas distancias en poco tiempo (100 millas en 27 horas, por ejemplo sin apenas alimentarse). Sobre su legendaria facilidad para aprender lenguas se cuenta que la Foreing Bible Society le encargó una traducción del Nuevo Testamento en manchú, lengua que ignoraba completamente. Borrow adquirió varios libros en dialecto manchú‑tártaro y un diccionario manchú‑francés. Se encerró en su casa con los libros y a las tres semanas pudo hacer la traducción sin aparente dificultad[3]
Que un cierto tipo de inglés se esté convirtiendo en lengua franca mundial no impide reconocer que el mundo hoy es multilingüe[4]. En las calles y en el éter, escribe Erard, Babel crece. Hace 50 años Londres era una ciudad casi monolingüe; hoy se hablan en ella 300 lenguas diferentes. Los hiperpolíglotas fascinan por el deseo de estar conectados con todo el mundo mediante sus múltiples lenguas. Evocan también un polo primitivo, del tiempo en que las bandas nómadas de cazadores recolectores hablaban unas lenguas nacientes diferentes entre sí como una Babel paleolítica. Los hiperpolígotas, dice Erard, no pertenecen a ningún país, trabajan fuera de las instituciones más allá de su propia comunidad.
Hasta no hace mucho, esa enciclopedia que acoge muchos records estúpidos, la Guinness, consideraba a Ziad Fazah, la persona que hablaba más lenguas en el mundo. Nacido en Liberia en 1953 se trasladó de niño al Líbano donde se graduó en filología en la Universidad de Beirut para trasladarse después a Brasil donde todavía vive. Se desconoce cómo Fazah llegó a figurar en la Guinness pero es posible que el responsable fuera un ingenuo periodista de la agencia Reuters a quien informó de que hablaba fluidamente 56 lenguas y que en siete años podría aprender unos cuantos miles de dialectos. Tales alardes imposibles hicieron sospechar que mentía o al menos exageraba sus conocimientos y capacidades más allá de lo admisible. Fazah, aceptó ser interrogado por hablantes nativos de varias lenguas en un programa de la televisión chilena donde fue incapaz de entender y responder adecuadamente a muchos de sus interrogadores por lo que fue despedido entre silbidos por la audiencia presente. Ni siquiera fue capaz de responder a la pregunta del ruso: “¿Qué día es hoy?” Sin embargo, testigos que hablaron con él telefónicamente pudieron hacerlo en mandarín, ruso, o español entre otras lenguas y acreditaron que hablaba estos idiomas de manera fluida aunque con acento. Es probable que Fazah no pudiera contestar porque las preguntas eran inesperadas, no eran las habituales en un inicio de conversación. Con todo, Fazah, fue eliminado de la Guinness en 1998 y substituido por otro, Gregg Cox, un americano que vivía en Bremen sobre el que Erard era también reticente acerca de sus logros.
Las lecciones que Erard aprendió de su largo viaje de investigación no son muy concluyentes: si alguien quiere ser bueno en lenguas debe encontrar o construir un nicho adecuado (ambiente multilingüe, por ejemplo); debe usar hablantes nativos como índice de progreso, pero no como meta (hablar como un nativo no es una meta realista para un adulto); si quiere mejorar sus lenguas, debe controlar su dopamina (es decir, que el aprendizaje le proporcione placer); deberá mejorar su función ejecutiva y su memoria; deberá desarrollar un sentimiento positivo hacia las lenguas; deberá adherirse al método sea este cual sea y admitir que llegados a cierto punto, deberá tolerar la ausencia de un éxito rápido. Los métodos varían y los “trucos” también. Helen Abadzi, una griega de 60 años que trabaja en alfabetización para el Banco Mundial, utiliza un repetidor digital de lenguaje, una especie de cinta magnetofónica fabricada en China que en lugar de reproducir la cinta como es habitual, repite una y otra vez a varias velocidades las palabras o frases grabadas en ella. Abazdi conoce unas 19 lenguas pero como todos los demás, utiliza en su vida diaria cuatro o cinco y mantiene las demás “congeladas” hasta que las necesite. Cuando así ocurre las repasa o recurre al método de Paul Pimsleur que aconseja revisar el material aprendido a intervalos de cinco segundos, dos minutos, diez minutos, una hora, cinco horas, un día, un mes, un año etc., ya que esos intervalos basados en la tasa natural de decaimiento de la memoria, cuando son “interferidos” por nuevas visitas hacen que la tasa de olvido se alargue. Un hiperpolíglota de Berkeley, Alexander Argüelles, le dijo a Erad que cualquiera que pretenda ser fluente en más de seis lenguas debe dedicarse a ello ya no rigurosamente, sino exclusivamente. Arguelles por ejemplo, mantiene un rígido horario de “entrenamiento” en el que tiene programado el tiempo que le dedica  a cada una de las lenguas durante las 24 horas del día. Argüelles dedica una hora al inglés, una al árabe, y menos tiempo a las restantes lenguas.  Argüelles de origen mexicano con un padre también políglota que habla varias lenguas románicas, prefiere atribuir sus dotes a la voluntad y no a una supuesta facilidad genética. Reconoce que su dedicación a las lenguas está relacionada con la enfermedad cerebral degenerativa que sufrió su hermano cuando él era un adolescente. Es muy reticente cuando le preguntan el número de lenguas que habla. Dice haber estudiado unas sesenta, de las que algunas no las habló nunca y probablemente nunca las hablará. Puede leer en veinte y hablar de modo fluente en seis o siete.  
Los hiperpolíglotas conocen su estilo cognitivo y por ensayo y error han diseñado estrategias personales para acelerar su aprendizaje. Alexander Argüelles por ejemplo, utiliza lo que él llama shadowing. Repite las frases que escucha por sus auriculares “al mismo tiempo” que las escucha. Cualquiera que quiera aprender una lengua de adulto debe conocer su estilo cognitivo y emplear los métodos que mejor se adapten a el que pueden ser grabaciones, videos o  lecturas y estudio convencional. Algunos “trucos” son curiosos. Una pila de nueve voltios conectada a un electrodo que estimule transcranealmente ciertas zonas del cerebro, está en estudio, aunque no falta algún hiperpolíglota que afirme, y los estudios parecen darle la razón, que masticar chicle durante el aprendizaje mejora el recuerdo inmediato de las palabras recién aprendidas en un 24 %. Otros trucos como la actuación a través de la dopamina, o de la proteína BDNF son todavía experimentales. Algunos estudios sugieren que los hiperpolíglotas están abiertos a nuevas experiencias en un grado mayor que la gente del común. Alexander Guiora escribe que, todos tenemos un “ego lingüístico” unido a nuestra lengua materna  que necesita volverse más fluido y permeable para aprender nuevas lenguas.  .
Erard, hace una distinción relevante. En India, (y en Camerún y en el noroeste de la Amazonia entre otros lugares) conviven entremezcladas familias y comunidades que son étnicamente y lingüísticamente diferentes que deben hablar varias lenguas por necesidad más que por deseo de llegar a ser políglotas. Para Erard, hay aquí una diferencia entre multilingües e hiperpolíglotas. En el primer caso, el aprendizaje de las lenguas de las otras etnias es una necesidad  para entender y convivir con sus  vecinos. Las lenguas no se estudian de una manera formal, simplemente, se adquieren, se recogen (pick up) como dicen de sí mismos los informantes multilingüistas de Erard. Para él, el hiperpolíglota es lo contrario. Sus muchas lenguas lo comunican con el resto del mundo pero lo aíslan de su inmediata sociedad. En India se hablan más de 400 lenguas, muchas de ellas con millones de hablantes (Hindi, Urdu, Tamil…). India, es el principal productor de películas del mundo pero sus muchos idiomas plantean a los productores de cine grandes complicaciones. En 2010, por ejemplo, se rodaron en India 1.274 películas en 23 lenguas, 215 de ellas en hindi, 202 en tamil, 181 en telugu, 143 en kanada y 110 en bengalí y muchas de esas películas se doblaron a otras lenguas[5]. Sri y Kala, un matrimonio de sexagenarios a los que Erard entrevistó, le explicaron que su lengua materna era el tamil pero que hablaban hindi ente ellos. Conocen también inglés que es la lengua en la que hablan con una de sus nueras además del tamil pero usan el kanada con otra. Sri usa el tamil con sus hermanos pero con sus sobrinos utiliza el telugu. No se trata de algo genético sino económico, le dijo otro de sus informantes: acabo de estar en una tienda en la que su propietario habló ocho idiomas en apenas cinco minutos; si no los habla no come… En las escuelas públicas indias hay que estudiar al menos tres lenguas: la lengua madre o la regional, otra lengua moderna india y una lengua extranjera. Hay estudios que han calculado el número de lenguas necesarias en ambientes multilingües para comunicarse con más del 80% de los otros hablantes: ese número es “tres”. Si cada habitante de esos países multilingües habla con mayor o menor competencia tres de esas lenguas la posibilidad de que dos hablantes cualesquiera compartan una misma lengua en la que entenderse es de más del 80 %.
 Erard, aventura algunas hipótesis sobre las posibles diferencias neurológicas de estos hiperpolíglotas: ¿Hay relación con el autismo de Asperger?; ¿predominan los zurdos?... Los hiperpolíglotas parecen tener una especial habilidad para monitorizar lo que ellos dicen antes de que salgan las palabras de su boca lo que remite a una eficiente memoria de trabajo. No parece que existan estudios con RMNf (resonancia magnética funcional) sobre estos hiperpolíglotas, al menos con los que hablan más de siete lenguas[6].  Con todo, no es gran cosa como se ve y el misterio de los hiperpolíglotas permanece abierto a la espera de mayores y mejores investigaciones de las que con suerte, podrán deducirse algunas conclusiones de interés para el aprendizaje en la vida adulta de nuevas lenguas para moverse en esta Babel que Erard desearía “no more”. En la encuesta que Erard hizo a los hiperpolíglotas a través de internet encontró un porcentaje elevado de hombres, de zurdos, de enfermedades alérgicas, de notables habilidades verbales y no menos notables dificultades visuo‑espaciales así como  conductas o preferencias homosexuales. La mayoría eran autodidactas y tímidos. Afirmaban que para ellos era más fácil que para los demás aprender una lengua. Algunos sólo leían y traducían sus lenguas; otros podían hablarlas. Estos hallazgos podrían enmarcarse en la hipótesis Geschwind‑Galaburda que pretende correlacionar los niveles de testosterona en el feto durante el embarazo y su influencia en la emigración de las neuronas hacia el hemisferio derecho,  con ciertos rasgos de la vida adulta como los mencionados. Es una hipótesis “borrosa” según sus críticos, que necesita de investigación suplementaria. Para Erard, estos hiperpolíglotas forman una especie de tribu neural ‑un grupo de individuos que poseen un hardware neural excepcionalmente adaptado para una actividad particular- que en tiempos pasados no era relevante ni había motivos para que fuese seleccionado en términos evolutivos. Ahora, en un mundo globalizado donde los viajes son baratos, las telecomunicaciones fáciles, las fronteras de las naciones borrosas y las lenguas nos rodean por todas partes, estos atributos de esta tribu neural, sean cuales sean, (bucle fonológico muy eficiente, cortex auditivo primario muy grande, memoria de trabajo e hipocampo de alto rendimiento…) son rasgos cognitivos que favorecen la adaptación a este mundo cambiante y multilingüe 
Sólo en dos ocasiones, ambas en Bélgica, se reunió la tribu de hiperpolíglotas. Eugeen Hermans, un responsable de la Escuela de Idiomas de Hasselt, cerca de Bruselas, conoció en una reunión a un cónsul americano que hablaba fluidamente siete lenguas. Se le ocurrió entonces que, era muy probable que existieran, mundo adelante, otras personas como el cónsul y el mismo, por lo que con ayuda de un banco local convocó un concurso para encontrar a la persona de la que se pudiera decir que era la que más lenguas hablaba en el mundo. El concurso, publicitado generosamente tenía unas cuantas reglas: no se considerarían las lenguas muertas ni los idiomas artificiales como el esperanto; tampoco se aceptarían los dialectos, sólo las lenguas utilizadas por algún gobierno de modo oficial aunque si se aceptarían las lenguas emparentadas cuando fuesen estatales (caso de las lenguas turcas como el uzbeco, kazajo, tayiko etc.). Se presentaron al concurso 26 candidatos que fueron examinados en 47 lenguas. Los jurados, de hablantes nativos ante los que los concursantes tenían que expresarse durante 10 minutos, puntuaban a los concursantes de 1 a 20 puntos pudiendo también dar puntos negativos por ignorancia. Con sólo cinco minutos de descanso, los concursantes pasaban al siguiente jurado de hablantes nativos en otra lengua. Un candidato podía obtener su puntuación final con notas medias en muchas lenguas o notas altas en menos lenguas. El ganador fue Johan Vandewalle, un profesor de turco de la universidad de Ghent, en Flandes,  que conocía en mayor o menor grado 31 lenguas, aunque fue examinado en ”sólo” 21. Vandewalle, no tenía otro método que el estudio y la inmersión en el país al que quisiera viajar pero después de muchos años enseñando lenguas reconoció que debía tener alguna predisposición para aprender lenguas que la mayoría de las personas no poseía. Vanderwalle, un hombre tímido, no soportó el constante acoso de la prensa y televisión y la repetición, cientos de veces de las mismas preguntas: ¿Cuántas lenguas?, ¿cuál es su método?, etc. Esa fue la razón principal de que no se presentase al segundo concurso, esta vez europeo y con reglas distintas más restrictivas al que se presentaron 200 candidatos y que ganó Derick Herning, un escocés que vivía en Lerwick, en las islas Shetland, a 170 kilómetros de la costa “continental” (mainland) escocesa, un finisterre en teoría poco apropiado para un hiperpolíglota pero que era en realidad un lugar muy cosmopolita donde se reunían marineros y pescadores de todo el mundo. Herning, fue examinado en 22 lenguas. Como Vandewalle, no tenía explicación para su don. Se consideraba un adicto a las lenguas y apuntaba que muchos de sus colegas habían nacido en medio del verano y muchos eran zurdos como él mismo pero reconocía también que muchas personas entran en el lenguaje como un pato al agua y otras no tenían esa capacidad. Él, por ejemplo, era un nadador muy deficiente incapaz de aprender como lo hacían sus amigos.
Puede que la solución esté en la “receta” mágica del África negra que le dio a Erard Eric Gunnemark, un hiperpolíglota escandinavo fallecido a los 89 años: Capture una golondrina joven; ásela en miel; cómala. Entonces usted comprenderá todas las lenguas





[1] Hasta 1860 fecha de la unificación italiana sólo hablaba el toscano, que se convertiría en la lengua nacional italiana, el 10% de la población.
[2] Y lo hace para recordar que tenía un TOC, un trastorno obsesivo-compulsivo.
[3] Citado en Robert Macfarlane, The old ways, A journey on foot.Hamish Hamilton. 2012.
[4] Vid. Nicholas Ostler.The Last Lingua Franca: The Rise and Fall of World Languages.Penguin Books. 2012.
[5] Citado en Paul Cohen, The rise and fall of the american linguist-empire. Fall 2012 en Dissent, a quaterly of politicis and cultura.
[6] Hay un estudio suizo sobre cuatro políglotas con RMNf con pocos datos relevantes

martes, 13 de diciembre de 2016

PATIENT H.M. A story of memory, madness, and family secrets. Luke Dittrich. Randon House. 2016.




            H.M, (1926-2008) fue el paciente más conocido y estudiado de la historia de la psicología y la neurología. Phineas Gage y Monsieur Tat (el paciente afásico de Broca) son quizás tan conocidos como H.M pero ninguno de ellos fue estudiado durante  más de 50 años con todas las pruebas diagnósticas psicológicas,  técnicas de imagen (Tacs, RMN) y histológicas posibles (una vez fallecido) como lo fue H.M. Este libro de Luke Dietrich, cuenta su historia y la de William B. Scoville, el neurocirujano que realizó la intervención que lo dejó viviendo en un presente continuo pero permitió, fortunate misfortune dice Dittrich, que mucho de lo que hoy se sabe sobre la memoria pudiera ser conocido. La historia tiene al menos tres protagonistas más: Brenda Milner, la psicóloga que primero lo estudió, Suzanne Corkin, la psicóloga que lo siguió durante varios años en el MIT y el propio autor del libro, Luke Dittrich, nieto de Scoville…  Y no es una historia muy edificante, al menos,en su trastienda.
 Henry Molaison, su verdadero nombre ahora conocido, trabajador de una cadena de montaje, padecía desde los 10 años, lo que los neurólogos de los años 50 del siglo XX llamaban epilepsia del lóbulo temporal o psicomotora. A pesar de las muy elevadas dosis de medicamentos antiepilépticos, H.M, en 1953 con 27 años, ya no podía desempeñar su trabajo y apenas conseguía llevar una vida “normal”. Podía tener varias crisis cada hora: mirada ausente, rotación de la cabeza, rascado de su pantalón con sus dedos, movimientos de chupeteo con boca y lengua, deambulaciones erráticas, emisión de palabras...

En esos años, las leucotomías de Egas Moniz y las más toscas y arriesgadas lobotomías de Walter Freeman con su famoso picahielos, eran una técnica rutinaria que los neurocirujanos, entre ellos Scoville, practicaban en los pacientes de los manicomios americanos. Lo que más adelante serían los protocolos de investigación y los consentimientos informados eran poco más que una recomendación sin carácter legal salida de los juicios de Nuremberg en los que 27 médicos nazis fueron condenados a muerte por sus experimentos con prisioneros de los campos. Lo que estos médicos hicieron es hoy inimaginable y el relato de Anton Pacholegg, un administrativo prisionero en Dachau al que se obligaba a tomar las notas de esos experimentos, fue determinante para condenarlos. La mayoría de los experimentos, cuenta Pacholeeg, tenían una nota final: el experimento fue un éxito; el paciente falleció. La Unidad Médica tenía un nombre tan cruel e inhumano como cínico: Experimentos con humanos vivos en beneficio de la humanidad. Los prisioneros eran “congelados”, introducidos en cámaras de vacío, picados por mosquitos transmisores de malaria, ametrallados para después operarlos en busca de técnicas quirúrgicas eficaces, infectados con tifus y sometidos a ensayos repetidos con vacunas ineficaces. El tribunal, además de las sentencias de muerte, reconoció  que los experimentos eran diferentes en “tipo” (kind), no en carácter, de los experimentos realizados en otros países por lo que publicó una serie de normas, el Código Nuremberg, (1947), antecesor de todos los protocolos de investigación que lo seguirían, que inspiró con retraso, las leyes que lo hicieron obligatorio en muchos países. Al tribunal no le faltaban razones para considerar diferentes solo en “tipo” esos experimentos nazis[1]. Solo teniendo en cuenta la ausencia de controles, protocolos y la casi total ausencia de demandas por mala práctica, puede entenderse la osadía intervencionista de muchos médicos y de la tolerancia de los departamentos del gobierno para experimentar con técnicas potencialmente dañinas sin garantías para los pacientes y también, la franqueza con la que los cirujanos comunicaban sus fracasos a los familiares. En una ocasión, Scoville, después de haber cortado por error una arteria cerebral durante una intervención que provocó la muerte del paciente, salió del quirófano y dijo a la esposa del paciente: Me temo que he matado a su marido…
En los años 40 e inicios de los 50 del pasado siglo y más al norte,  Wilder Penfield, en el Montreal Neurological Institute, no necesitaba esos protocolos. Se sabía desde mediados del XIX, que estimulando algunos grupos de neuronas en la corteza cerebral de animales vivos se producían movimientos musculares “convulsivos” de ahí que los clínicos dedujeran que algo semejante podía ocurrir en la epilepsia y que, al menos en teoría, si se pudiese localizar y extirpar ese grupo de neuronas hiperactivas que provocaban las crisis podría resolverse la epilepsia. Ese trabajo, de investigación y terapéutico, lo hizo Penfield, pero Penfield, no hacía “agujeros” en el cráneo como los lobotomistas. Abría  el cráneo mediante un amplio colgajo óseo lo que le permitía visualizar la corteza cerebral que exploraba con pequeñas descargas eléctricas. En la corteza motora era suficiente con ver que parte del cuerpo del paciente se movía con el estímulo pero para la zona sensitiva necesitaba que el paciente estuviera consciente por lo que empleaba anestesia local. Sensato y cauteloso, operaba solo a pacientes en los que pudiera determinar con precisión mediante EEG el foco epiléptico responsable y nunca intervenía los dos hemisferios pues ignoraba las consecuencias que eso podría tener para el paciente ya que, en ese tiempo, la función de los lóbulos temporales era un misterio. La exploración de la corteza con sus pequeñas estimulaciones eléctricas le permitió trazar un mapa de esas áreas, mapa hoy conocido como, el homúnculo de Penfield. En uno de sus pacientes, Penfield, dedujo que el foco epileptógeno estaba en la parte medial del lóbulo temporal así que se dispuso a explorarlo con estímulos eléctricos como hacía habitualmente pero el paciente en este caso, no refería al ser estimulado, sensaciones simples y generales (olores, sensaciones…) sino recuerdos biográficos complejos. Más exploraciones con otros pacientes llevaron a Penfield a deducir que se trataba de recuerdos alucinados y a una generalización “excesiva”: en el cerebro hay,  pensaba, un “magnetófono” que graba todo desde el nacimiento a la muerte y lo así grabado permanece ahí aunque el paciente ya no sea capaz de recordarlo. La conferencia pronunciada en la reunión anual de los neurólogos de Estados Unidos en 1951 en la que informaba de sus hallazgos y teorías, tuvo la entusiasta reacción de un psicoanalista que veía en la teoría de Penfield la base cerebral para la represión de los recuerdos pero también el desacuerdo de Karl Lashley, uno de los mayores expertos en memoria del mundo, que negaba cualquier localización de la memoria y defendía, a partir de sus experiencias con ratas en laberintos, que el cerebro era equipotencial,  capaz de mantener las memorias fuese cual fuese la parte de cerebro extirpada (en ratas, al menos). Penfield, no estuvo de acuerdo y como devoto cristiano, escribe Dittrich, del mismo modo que tenía fe en un ser superior aunque no tuviera pruebas de ello creía también en la sede de la memoria aunque tampoco tuviese pruebas (todavía). A Penfield, le preocupaban los posibles efectos secundarios que sus intervenciones podrían tener sobre los pacientes así que integró en su grupo, (sin pagarle durante años) a la  psicóloga Brenda Milner, para que evaluara a los pacientes antes y después de las intervenciones. Milner, entrevistó  a numerosos pacientes registrando sus datos biográficos y estudiándolos con todos los test disponibles por entonces. No encontró anomalías relevantes hasta que entrevistó a los paciente P.B y F.C. Ambos respondían a las preguntas básicas como, quien era el presidente del país o el año mes y día “correctamente” pero las respuestas correspondían al tiempo anterior a su intervención.  Después de contarles una serie de historias, Milner, pedía a estos dos pacientes, como había hecho con  los otros 90  ya valorados sometidos a la misma lesión unilateral temporal medial, que las repitieran lo que, a diferencia de los evaluados hasta entonces, hacían de modo inmediato pero de manera tosca y olvidando parte de ellas. Milner, también descubrió algo mucho más relevante: pocos minutos después de cada relato, los pacientes no solo era incapaces de recordar la historia: tampoco recordaban que les hubiese contado una historia. ¿Por qué estos pacientes estaban amnésicos y los otros con la misma lesión, no?. La idea dominante sobre la memoria en ese tiempo era la de Karl Lashley pero estos dos pacientes decían otra cosa. Milner y Penfield, pensaban que la explicación más obvia era que en estos pacientes, el hipocampo del lóbulo no  intervenido estaba ya dañado antes de la intervención pero no tenían pruebas que lo confirmaran. El modo de probarlo era proceder a una extirpación bilateral pero Penfield nunca haría eso porque no ignoraba las consecuencias que algo así podían tener para los pacientes.  Scoville, con el que se encontró en 1954 en un congreso, ya lo había hecho y Penfield pudo confirmar su corazonada.
En 1953, el neurocirujano William Beecher Scoville, abuelo del autor del libro, y pariente de la autora de, La cabaña del tío Tom, llevaba muchos años practicando lobotomías clásicas sobre los lóbulos frontales pero también, extirpaciones de amígdala, hipocampo y uncus a los pacientes del Hospital Psiquiátrico de Massachussets basándose en que los lóbulos frontal y temporal estaban conectados. Sus resultados eran pobres y no habían añadido nada a los conocimientos sobre las funciones del lóbulo temporal debido, pensaba, que los pacientes crónicos manicomiales no aportaban testimonios postquirúrgicos relevantes debido a su locura por lo que se propuso ensayar la misma intervención en pacientes epilépticos que si podrían darle ese testimonio. Conocía las intervenciones de Penfield, pero mientras Penfield era prudente en sus intervenciones de epilépticos y se negaba a intervenir si no podía localizar con precisión el foco responsable, pero Scoville, pensaba que la ciencia no avanza sin asumir riesgos aunque no parece que supiese distinguir los del paciente de los suyos como cirujano. El paciente epiléptico esperado para comprobar su teoría fue H.M, remitido por su familia que consintió en la intervención. Scoville, dispuso la intervención como haría Penfield. Buscó el foco epileptógeno con estimulación y control EEG pero no lo encontró. Penfield, habría cancelado en ese momento la intervención pero Scoville carecía de esa prudencia y  no solo se limitó a  intervenir,  como era habitual, uno de los hemisferios y ver que pasaba. Lo hizo con los dos sin saber cual sería el resultado probable. Taladró dos pequeños agujeros en la  frente de H.M, introdujo una espátula para separar los lóbulos frontales y extirpó, creía que completamente, sus dos hipocampos y las dos amígdalas. El resultado fue el paciente H.M, que sin sus dos hipocampos, sin amígdalas y puede que sin algo más, no era capaz de recordar nada de lo sucedido pocos momentos antes.
Scoville, era un cirujano atrevido por no decir osado y lo era también en su vida no quirúrgica. En 1930, Norman Terry,  subió hasta el punto más alto del puente Washintong, todavía en construcción, que unía sobre el río Hudson New Jersey y Manhattan. Con muchos periodistas avisados y con hazañas similares en sus antecedentes, se lanzó, esta vez  sin fortuna, a las aguas del río. Desequilibrado en el descenso, falleció al estrellarse casi plano con las aguas pero el puente convocó desde entonces, más que a saltadores, a escaladores que deberían trepar y descender por los cables de manera muy arriesgada. Uno de esos escaladores, fue el futuro neurocirujano, Scoville que permaneció solitario  en lo alto toda una noche para descender por la mañana. No fue su única conducta de riesgo. Conducía motos a gran velocidad haciendo maniobras peligrosas[2], quiso comprar un Ferrari, pero el propio dueño, Enzo Ferrari, se negó a venderle uno, (exigía que sus compradores probaran su pericia ante él) advirtiéndole que si le vendía el Ferrari, en un año estaría muerto[3]. Esta misma osadía en su vida la tenía también en sus operaciones. La “retaguardia” de Scoville, tampoco era muy tranquila. Su mujer enloqueció y tuvo que ser ingresada en un centro psiquiátrico. Dittrich no pudo confirmarlo pero su sospecha bien fundada es que Scoville leucotomizó a esta primera esposa.
Después de su reunión con Scoville, Penfield habló con Milner y escribió una carta a Scoville muy “medida” responsabilizándose de los daños provocados a sus dos pacientes amnésicos y ”disculpando” los de Scoville:

Supongo que usted vacilará considerar sus casos (HM y dos pacientes mas) como yo vacilo al considerar los dos pacientes en los que he provocado una grave pérdida de memoria. En realidad yo me siento mucho peor ya que los dos casos míos no eran psicóticos y tenían una mejor perspectiva de vida que los  que usted ha intervenido
Penfield, propuso que esos pacientes fueron evaluados por Milner. Scoville aceptó y Milner viajó a Hartford, el hospital donde estaba ingresado H.M para evaluarlo. H.M, tenía un C.I por encima de la media y respondía de modo inteligente a preguntas complejas pero no recordaba nada de las preguntas poco después de la evaluación ni tenía ni idea de quien era Milner que se había presentado a él poco tiempo antes. HM, vivía en un presente que apenas iba más allá de algunos minutos. Podía leer el mismo periódico día tras día sin reconocer que se trataba del mismo,  no reconocía a los doctores que lo visitaban cada día, olvidaba lo que había comido cuando retiraban su plato o las conversaciones mantenidas momentos antes. Milner, evaluó entonces a H.M con una prueba que consistía en trazar una línea entre dos estrellas de cinco puntas separadas por un centímetro dibujadas en una hoja de papel. La mano que dibujaba estaba tapada por una placa de metal pero el paciente podía ver mano dibujo y papel reflejado en un espejo que invertía la imagen. H.M realizó dibujos sucesivos mejorando su rendimiento. Al día siguiente, Milner repitió la prueba. H.M no recordaba nada de los dibujos ni de su prueba del día anterior, sin embargo su rendimiento había mejorado de manera evidente. Fue el momento más memorable, dijo MIlner, de mi carrera científica. H.M no recordaba la prueba  pero su rendimiento mejoraba. Milner, había establecido la función del hipocampo y amígdala en la memoria, la memoria a corto plazo y ahora descubría que al menos existían dos sistemas de memoria que se conocerían después como memoria procidemental-declarativa, o implícita- explícita pero que en ese momento no tenían nombre ni existencia reconocida.  Daniel Schacter recordando  este momento, escribe:

H.M podía aprender nuevas habilidades como escribir en espejo, montar en bicicleta o nadar. Fue a partir  del estudio de su caso que la memoria se dividió en dos:
1.-  Memoria Explicita, Semántica o Episódica. La adquisición de nuevos acontecimientos o hechos y las relaciones entre ellos: “saber qué”.
2.- Memoria Implícita, No Declarativa, Procidemental o memoria para las habilidades motoras y otras capacidades semejantes: “saber cómo”.
Milner, siguió viajando para evaluar a otros pacientes de Scoville en los que siempre se encontraba con el mismo cuadro. En 1957, Milner y Scoville publicaron el artículo, Loss of Recent memory After Bilateral Hippocampal Lessión. Allí se lee:

La resección bilateral de los lóbulos temporales medios resulta en una alteración persistente de la memoria reciente…estas estructuras deben por lo tanto, estar críticamente implicadas en la retención de la experiencia actual…
El misterio de la sede de la memoria se había al fin revelado. A partir de ese año (1957) y hasta su muerte, H.M fue estudiado en el MIT bajo la supervisión de los psicólogos Teuber y Suzanne Corkin. Dittrich, estaba de algún modo “predestinado” a escribir sobre H.M pues Suzanne Corkin no le era desconocida. Había sido vecina e íntima amiga de su madre  a la que  de niña acompañaba en viajes de recreo que hacía con Scoville y Dittrich,  la conocía. Cuando murió Scoville, la madre de Dittrich regaló a Corkin el cráneo anónimo que Scoville conservaba en su despacho pero Corkin no solo heredó ese cráneo: heredó también al paciente H.M. Corkin, hizo su tesis con Brenda Milner en Montreal donde pudo entrevistar a H.M. Cuando se trasladó al MIT, Milner, interesada ahora en los lóbulos frontales, le transfirió a H.M para continuar su estudio y facilitar las evaluaciones ya que H.M vivía cerca del MIT. Durante las cinco décadas que siguieron, H.M acudió 54 veces al Centro de Investigaciones Clínicas del MIT donde permanecía varios días cada vez. Corkin, se convirtió en una guardiana celosa de su paciente filtrando con suspicacia todas las solicitudes de los investigadores que querían estudiar  H.M hasta el punto que negó a Dittrich conocer a H.M ya que temía que su nombre real se hiciera público y le propuso firmar un documento que le impedía publicar nada de la entrevista a lo que Dittrich se negó aunque  consiguió conocer el nombre de H.M investigando por su cuenta. En sus estudios de H.M, Corkin consiguió demostrar que había algunos errores en lo que sabía sobre H.M:

Antes de los estudios de Corkin, la amnesia de H.M podía ser resumida así: las lesiones en el cerebro le impedían adquirir nuevas memorias episódicas o semánticas mientras que las memorias episódicas y semánticas adquiridas previamente a su operación estaban más o menos intactas…
H.M era capaz de retener series de algunos números durante varios minutos si los mantenía en un bucle repitiéndolos constantemente pero bastaba un estímulo distractor para que olvidara los números y la prueba. Eso no sucedía con estímulos más complejos como caras o imágenes que no podía mantener en un bucle. Era otra división entre  memoria inmediata o a corto plazo y memoria a largo plazo
Corkin demostró, que incluso las memorias episódicas creadas antes de la intervención no existían o le eran inaccesibles. El pasado de H.M. previo a su operación estaba completamente “semantizado”.
En los 50 años del MIT no hubo un solo test que no le fuera aplicado a H.M por diferentes investigadores. Incluso su sentido del humor fue evaluado. En sus años finales, HM que envejecía en una residencia geriátrica como una estrella senil del rock, demenciado, deteriorado por un ACV, multimedicado con antiepilépticos , neurolépticos y ansiolíticos, fue estudiado  con técnicas de neuroimagen y Corkin, en una maniobra poco honorable, ignorando a los parientes aún vivos,(tres primos) consiguió nombrar como tutor al hijo de la mujer que lo había cuidado después de la muerte de la madre de H.M, tutor que nunca negó el consentimiento informado para realizar cualquier tipo de pruebas y autorizó la autopsia y cesión del cerebro de H.M  al MIT para su estudio cuando este falleciera.
Todos los que habían estudiado a H.M tenían grandes esperanzas en la RMN de la que ahora disponían los clínicos pero había un problema que impedía la exploración. Scoville, había dejado en el cerebro de H.M varias grapas metálicas y los investigadores no sabían si eran magnetizables. Si lo fueran podían ser atraídas por el intenso campo magnético del aparato y provocar grandes daños en su cerebro. La información llegada de los fabricantes que habían diseñado esas grapas muchos años antes, eliminó ese posible riesgo ya que los materiales no eran magnetizables. Hubo que descartar también que no se calentaran en exceso. Al fin pudo realizarse la exploración que reveló que había partes de hipocampo no destruidas en ambos hemisferios pero había daños que no se limitaban al hipocampo. También estaba afectado el cortex parahipocámpico
Al fallecer en 2008 se abrió un largo período de investigaciones y un no menos largo conflicto entre Corkin y el MIT y el neuropatólogo de  la UCLA, Jacopo Annese al que se había entregado el cerebro de H.M para su estudio. El conflicto, uno de tantos entre científicos compitiendo por sus carreras, era tanto científico como personal y legal. Annese, descubrió que además de la conservación de parte de ambos hipocampos existía una lesión en el cortex orbitofrontal, probablemente provocada por la intervención de Scoville, que obligaba a reconsiderar, al menos provisionalmente, varios de los hallazgos. Corkin, lo negó diciendo que esa lesión se había producido en el manejo post-morten del cerebro. Annese demostró que no era así y al fin publicaron los hallazgos conjuntamente pero Corkin reclamó la devolución al MIT de todas las preparaciones del tejido cerebral que Annese pacientemente había realizado y estudiado durante varios años así como todo el material de neuroimagen de alta resolución post-morten. Después de muchos acuerdos, reuniones y abogados, el material volvió al MIT para ser “custodiado”. En las páginas finales del libro, Dittrich reproduce una entrevista con Corkin en la que esta le comunica que ha destruido las pruebas psicológicas  no publicadas practicadas a H.M durante los años de estudio en el MIT sin que Dittrich dejara de mostrar su asombro ya que entendía que no era científicamente correcto el hacerlo ya que en ese material de resultados no aptos según Corkin, para su publicación podría haber datos de interés para correlacionar el material anatómico y de neuroimagen del que ahora se disponía con esas pruebas inéditas. Había precedentes de algo parecido. En el único estudio psicológico efectuado antes de la intervención por la psicóloga Liselotte Fischer se menciona que la memoria de H.M era muy deficiente y en pruebas de recuerdo de series de números, H.M fallaba al no recordar la tarea que se le había pedido. Corkin, no le daba importancia a ese estudio y consideraba como en el caso de la lesión frontal encontrada por Annese, que ese fallo se debía a los antiepilépticos que H.M tomaba o a crisis sufridas durante la evaluación. Esa era una posibilidad a tener en cuenta  pero la honestidad científica exigía confirmarla  o refutarla, nunca esconderla como a su juicio parecía hacer Corkin. Corkin, no sale bien parada en el relato de Dittrich. Milner, que si es bien valorada, pensaba de Corkin que era muy trabajadora pero poco creativa.

PD. Brenda Milner, nacida en 1918, todavía seguía impartiendo clases en la Universidad McGill de Montreal a los 93 años cuando la entrevistó Dittrich. Se quejaba de que el guionista había confundido en la película Memento, inspirada en H.M, la definición de memoria a corto plazo: no tenía una mala memoria a corto plazo, dijo; es lo único que tenía. Milner, dijo a Diettrich, que pensaba que H.M nunca había conocido lo que era ser feliz tanto antes como después de la intervención y añadió, (ya había fallecido H.M): No puedo creer que ya no esté aquí. Me siento como si hubiese perdido un amigo y eso es algo cómico porque la amistad es algo recíproco, ¿no?... Usted es amigo de alguien y él de usted. Sin embargo (con HM) era algo unilateral porque él no me conocía… Es un modo de hablar de H.M muy diferente al de Suzanne Corkin…





[1] El hoy muy alabado, (con razón pero…), Jenner, probó su hipótesis de que la viruela benigna de las vacas, (cowbox) inmunizaba contra la forma mortífera de la viruela humana, no en sí mismo, sino en el hijo del jardinero al que después infectó varias veces con viruela humana; el ginecólogo americano Mariom Sims, buscando un remedio para la fístula vésico-vaginal, compró en 1845 varias esclavas negras y las intervino sin anestesia ensayando técnicas que cuando tuvieron éxito le sirvieron para intervenir a pacientes blancas; en 1932 el Servicio Público de Salud de los Estados Unidos, siguió durante 40 años  en el conocido como, Tuskegge Syphilis Experiment, la evolución, sin tratarla, de la sífilis en un grupo de negros de Alabama a pesar de disponer desde muy pronto de la penicilina que resolvería su enfermedad.
[2] Había también en Scoville, un punto de suspicacia paranoide. En una de sus acrobacias con una motocicleta sufrió un traumatismo abdominal que le rompió el bazo. Fue necesario que sus amistades más íntimas lo convencieran para dejarse operar por el jefe de cirugía de su hospital, con el que las relaciones no eran nada amables, pues pensaba que aprovecharía la intervención para matarlo
[3] La observación de Enzo Ferrari fue profética. Scoville, mantuvo su afición a los coches deportivos todo su vida (Porsches, Mercedes..) y falleció en 1984 a los 78 años en un accidente de automóvil del que fue responsable.

EAVESDROPPING. AN INTIMATE HISTORY. John L. Locke. Oxford University Press.2010.



      Mi libro, dice John L. Locke, especialista en psicología del lenguaje de la Universidad de Nueva York, se ocupa del intenso deseo de los miembros de nuestra especie por conocer lo que está ocurriendo en las vidas personales de los otros. A Locke,  fue la lectura de una obra de Marjorie McIntosh en la que se recogían las numerosas condenas por eavesdropping en la Gran Bretaña de hace cinco y seis siglos, lo que lo llevó a escribir este libro. Eavesdropping, en su significado antiguo, es el sitio exterior de la casa  por el que cae la lluvia desde el alero  porque, era en esos lugares de las frágiles y desvencijadas casas británicas de hace 500 años, donde se situaban los fisgones para escuchar y observar a escondidas las conversaciones y acciones  de sus vecinos. Hoy, el Word-reference da como traducciones al español de eavesdropping, escuchar a escondidas detrás de la puerta o disimuladamente, pero no faltan palabras españolas que aludan de manera más o menos precisa a esa escucha escondida y por extensión, al ver o incluso al oler a escondidas. Así, espiar, fisgar, fisgonear o husmear, podrían proponerse como traducciones aproximadas aunque sus significados sean más o menos amplios que el término inglés[1]. Locke, se pregunta en el libro: ¿Qué había ocurrido para que la mente medieval criminalizara esas conductas?...¿Que pensaban los “criminales” que estaban haciendo cuando salían de sus casas por la noche para escuchar las conversaciones de sus vecinos debajo de los aleros?...
En su explicación, Locke, usa eavesdropping en dos sentidos. El convencional, la subrepticia observación que se hace de las experiencias íntimas de otros (como mirar por el ojo de la cerradura o escuchar aparentando inatención en un ambiente público), lo que implica la intervención de ojo y el oído. El husmear e indagar del español, que dejan abierto el campo incluso a las preguntas a terceros, los asigna Locke, al gossip, al cotilleo. La comunicación que siempre ha interesado a los lingüistas y psicólogos es diádica: un emisor A, emite señales que son recibidas por un receptor B que a su vez pasa a ocupar la posición de emisor. El eavesdropping, es también comunicación, pero con dos diferencias: emisor y receptor mantienen una actividad íntima sin ser conscientes de que existe otro receptor no conocido por ellos. En estos casos,  la información intercambiada no es “donada”, sino “robada”.
En su segundo uso, metafórico, eavesdropping es una especie de instinto: la apetencia presente en todos los seres humanos a lo largo de la vida por conocer lo que está ocurriendo en las vidas personales y privadas de los otros. Evolutivamente, aquellos que conocían lo que los demás estaban haciendo o podrían hacer en el futuro, tenían más posibilidades de sobrevivir y pasar sus genes a la siguiente generación. Esa ventaja evolutiva no era tal en los tiempos de los cazadores-recolectores pues todas las actividades se hacían públicamente pero, hace 10 o 15.000 años, ocurrió algo relevante. Por primera vez en la historia, con la domesticación del ganado, la pesca y la agricultura, los humanos se hicieron sedentarios, y también por vez primera, levantaron alojamientos. Nuestros ancestros  comenzaron a vivir detrás de muros y la posibilidad de la información directa comenzó a secarse porque las actividades cotidianas, hasta entonces públicas y transparentes, se fueron haciendo parcialmente privadas. Los muros, eran una nueva tecnología que paradójicamente amenazaba la seguridad de los grupos humanos al mismo tiempo que ofrecía oportunidades para soportar las presiones e inclemencias externas. Para Peter Wilson, antropólogo australiano, un subproducto de la domesticación fue la privacidad, que “no era natural en la vida humana” y despertaba sospechas, curiosidad y oposición. Podemos preguntarnos, Locke no lo hace, si era posible ser paranoide en una sociedad transparente como la de los cazadores-recolectores o si fue la aparición de la privacidad con la domesticación y la agricultura lo que permitióla posibilidad de lo paranoide.
Los muros de los hogares interrumpían la “conversación visual” que hasta entonces había sido la norma en la historia humana. Los que permanecían en el interior de sus alojamientos cuando las inclemencias del tiempo no lo justificaban, hacían sospechar a los demás miembros de la comunidad que los que estaban detrás de esos muros podían estar tramando algo siniestro fuera del alcance de la mirada comunitaria pero permitían al mismo tiempo, que los protegidos por los muros desarrollaran conversaciones “familiares”. Los grupos humanos, como en la fábula de los erizos que tuvieron que hacer varios ensayos hasta encontrar la distancia adecuada que les permitiera estar juntos sin que sus púas los dañaran, tuvieron que desarrollar estrategias para equilibrar “la púa” con “el muro”. En los primeros tiempos del sedentarismo, hubo grupos que construían casas pero no vivían en ellas lo que parecía no tener sentido. Para Locke, los que se comportaban así, eran “resistentes” que se oponían al cese de la transparencia en la que hasta entonces habían vivido porque, ahora, para seguir sabiendo “quien hacía qué y a quienes”, eran necesarias estrategias más invasivas y no se trataba solo de ver la superficie externa de los otros, sino de conocer su interior, su intimidad. “Existir como ser humano, implica estar bajo escrutinio” y ese escrutinio, antes transparente, se había vuelto más difícil. Somos procesadores de información pero la información evolutivamente relevante, no es la que se guarda en las bibliotecas sino la que emana de la propia vida y será más importante y verdadera en la medida que sea más íntima y no exista la posibilidad de fingimiento, de ahí, el oír o ver a escondidas, porque en esos casos, el espiado, abandona las medidas defensivas anti-intrusos, tanto en lo privado como en situaciones públicas, “sin muros”, en las que podría recurrir defensivamente a fingir o susurrar porque, incluso el escuchar o ver “a escondidas”, puede hacerse estando visible, simulando inatención, adoptando el  modo del observador-participante de la antropología, (ocultando las verdaderas intenciones) o estando “visible”, pero bajo otra  apariencia que no es la propia (disfraz).
El impulso de invadir los espacios privados de otros es universal. Es un apetito voraz que, aunque no haya tenido un nombre definido, nunca impidió su conocimiento y su práctica. Hoy en día, dice Locke, los descendientes de ese apetito por conocer la intimidad de los otros, con el cotilleo y sus hermanos, el rumor y el escándalo, tienen la capacidad de cambiar fortunas, destrozar reputaciones y arruinar vidas.
Locke, recurre para ilustrar este apetito, al demonio Asmodeus de Le diable boiteux de Alain René Le Sage (1668-1747) pero olvida la fuente de ese demonio, el diablo cojuelo, retenido por un astrólogo en su buhardilla de Madrid, que al ser librado de su encierro por Cleofás, un estudiante que huía de la justicia, lo recompensa levantando los techos de las casas de la ciudad de Madrid para que Cleofás, pueda ver las intimidades de las vidas que allí residían. Le Sage, copia argumento y protagonistas de ese Diablo Cojuelo que escribió  Vélez de Guevara (1579-1644)[2] que tuvo en su tiempo, numerosas réplicas en francés, alemán, y otros idiomas y despertó la envidia de unos cuantos literatos como Nathaniel Hatworne o Dickens que desearían haber disfrutado de la posibilidad que concedió el diablo cojuelo a su libertador. Que el apetito para espiar las vidas ajenas es universal lo sabía bien Alfred Hitchcock que, no solo filmó la obra cumbre sobre el fisgoneo, “La ventana indiscreta”, (The rear window) sino que apostaba con quien fuera, a que, si viéramos una mujer desnudándose para acostarse o simplemente un hombre holgazaneando en su habitación, no desviaríamos la mirada y diríamos: No es asunto mío… Seguiríamos mirando[3].
Un caso especial de eavesdropping es el de los criados, sobre todo en las casas señoriales de la Inglaterra del XVIII,  XIX y principios del XX. Entre los siglos XVII y XX, se levantaron en Inglaterra más de 500 casas señoriales nuevas. Todas ellas necesitaban criados para su mantenimiento y estos sirvientes vivían bajo el mismo techo que sus señores y sabían de sus  intimidades que entonces como ahora, “todos” deseaban conocer. Muchas veces, los criados como únicos testigos, eran convocados en pleitos de divorcio o maltrato doméstico y sus testimonios no eludían las intimidades más escabrosas. Un marqués acusado de impotencia, aportó el testimonio de sus criados que aseguraron haberlo visto con una espléndida erección matutina en más de una ocasión. Los testimonios de camas revueltas, huellas de esperma en las sábanas o ruidos en el dormitorio, no eran infrecuentes. Los criados, tenían una posición complicada. Su “espionaje” les daba poder o les traía desgracia según que o por quien declaraban pero había algo más que eavesdropping. A principios del siglo XX, el 13 % de  la población trabajadora eran sirvientes[4]. En Francia, en la misma época, un tercio de todas las mujeres jóvenes trabajaban como criadas. Todos estos privilegiados “intrusos” sabían lo que sus señores comían y bebían, como se vestían, cuantas veces se bañaban, como hablaban, que tipo de música y entretenimiento disfrutaban. Ser criada o criado, era para la mayoría de ellos, casi todos muy jóvenes,  algo transitorio que duraba hasta que se casaban pero en ese tiempo aprendían y emulaban todos los hábitos y maneras de sus señores incluyendo el gusto por el té o el modo de ladear el sombrero y también los valores morales. Esa emulación, servía como un importante medio de difusión cultural desde las clases altas a las bajas. Las criadas al casarse, llevaban a sus hogares de clase baja los modos de la clase alta mientras que los criados, que ahora sabían comportarse como un gentleman, podía aspirar a puestos de trabajo más importantes a los que su posición social de nacimiento los destinaba. La situación era sin embargo insostenible. En los años finales del siglo XIX, la servidumbre, ahora en su mayoría letrada, almacenaba mucha información que anotaba con el fin de aprovecharla si los tiempos venían malos o buenos. Se habían convertido en periodistas “amarillos” y de algún modo en “policías” que espiaban el santuario del hogar victoriano que vivía ajeno a las normas de la sociedad exterior. Los señores, reaccionaron de varias formas. No despidieron a la servidumbre, la necesitaban, pero la  aislaron. Antes, los criados permanecían detrás de las puertas del comedor, incluso del dormitorio, para acudir en cuanto eran llamados lo que les permitía escuchar y ver, por el ojo de la cerradura, lo que pasaba en los salones. El “invento” de la campana que se hacía sonar a través de una cuerda que llegaba a la cocina o a los alojamientos de los criados, ahora separados por pasillos, corredores y pisos, evitaba ese acechar detrás de las puertas que además se dotaron de un escudete que tapaba el ojo de la cerradura desde el interior. Además, se contrataron camareros sordos y se insonorizaron las habitaciones y salas. La tecnología hacía su aparición contra los espías internos.
El fisgoneo permitía el chantaje (blackmail) que combina dos acciones no delictivas en una, que si lo es: pedir dinero y saber algo relevante y verdadero pero comprometido de alguien. En inglés, se llama greymail, a un tipo de chantaje no explícito en el que alguien sorprende por casualidad a otro en una situación comprometida pero no exige dinero por su silencio ni difunde lo oído o visto. A pesar de ello, el sorprendido, se siente en deuda o amenazado y tiende a favorecer al que calla de un modo u otro.
Locke, se pregunta, si el impulso evolutivo de espiar las vidas ajenas se abandonaría cuando ya no produce ventajas evolutivas tangibles sino solo diversión. La respuesta es afirmativa como podemos constatar a diario. El fisgoneo recreativo, fue muy popular antes de la época de los mass-media pero ahora, millones de voyeurs fisgonean las vidas ajenas en los numerosos programas de televisión como Gran Hermano que satisfacen ese evolutivo apetito de intromisión (en los espectadores) con un nuevo componente más reciente (el exhibicionismo de los participantes). Locke, no dedica mucha atención a los modos nuevos de fisgoneo y cotilleo que inundan las revistas y televisiones y tampoco al “guasapeo”, Instagran y similares. Paparazzis, y  programas británicos de puro cotilleo del tipo de Sálvame son mencionados pero apenas analizados.  Facebook y Twuitter tienen algo más de espacio en el libro. Los considera los herederos de los Diarios íntimos que salvo raras ocasiones no estaban destinados a su publicación o eran publicados años después del fallecimiento de su autor como el Diario de Samuel Pepys, escrito incluso con claves secretas que fue descubierto entre los papeles de su legado muchos años después de su muerte. En Facebook y Twitter como en Gran Hermano, no hay robo de intimidad sino exposición voluntaria que a veces puede ser falsa o acordada como cuando alguna celebrity permite ser fotografiada “por azar” previo pago de cantidades que pueden ser importantes. O como los innumerables “acechadores” que asisten silenciosos a los intercambios de los participantes sin hacerlo ellos mismos protegidos con seudónimos o desde el anonimato sin más.
Si el eavesdropping implica el robo de experiencias íntimas de otros el cotilleo es la difusión de este robo. Umberto Eco, dedicó un largo artículo al cotilleo en uno de sus últimos libros que viene aquí al caso. Para Eco, una de las tragedias sociales de nuestro tiempo ha sido la transformación de esa válvula de escape, bastante útil, que era el cotilleo. En su versión clásica, el que se hacía en la taberna o la peluquería, el cotilleo era un elemento de cohesión. Nunca se refería a personas sanas, o felices sino a los errores y desgracias ajenas y podía expresar desprecio pero también compasión. El cotilleo moderno, es un producto de la prensa que se ocupaba de personas relevantes que se exponían voluntariamente a la observación de fotógrafos y cronistas. Este tipo de prensa, “inventaba” noticias, pero inventar, no es para Eco, informar de un acontecimiento que no se ha producido sino, convertir en noticia aquello que antes no lo era. Con la prensa y después con la televisión, el cotilleo pasó de susurrarse a gritarse y entró en una segunda fase en la que ya no eran los cronistas los que cotilleaban sino que eran las teóricas víctimas del cotilleo las que se ofrecían a cotillear sobre sus intimidades. Una epidemia de “visibilidad” parece propagarse en los últimos tiempos. Tres significantes la delatan y es posible escucharlos en políticos, y laicos: poner en valor, hacer visible, mostrar solidaridad. Todo el mundo quiere subir al escenario a poner en valor lo que sea y hacer visible su solidaridad con no importa qué; el problema es que ya casi no hay espectadores para tanta visibilidad. El fisgoneo no ha podido, al parecer, escapar de esa visibilidad que todos ahora procuran. Este libro aporta algunas claves para entender esta “epidemia” difícil de soportar al menos para quienes añoran el “sano” cotilleo antiguo.




[1] En el diccionario de la RAE, fisgonear, nos lleva a fisgar y este a husmear, que se define como, “indagar algo con arte y disimulo”. El María Moliner, define fisgar, como, el procurar alguien enterarse indiscretamente de los asuntos de otros preguntado, hablando con ellos, yendo a sus casas  y da como sinónimos, atisbar, y acechar. Husmear, es tratar alguien de enterarse de cosas que no le conciernen. Eavesdropping tendría en español, tanto de fisgar, como de husmear, atisbar o acechar. En lo que sigue, se empleará fisgar, fisgonear, espiar, o escuchar o ver a escondidas según el sentido que tenga eavesdropping en cada frase del texto.

[2]Vélez de Guevara se inspiraba a su vez,  en las tradiciones populares y en la obra de Rodrigo Fernández de Ribera  (1579-1631), Los anteojos de mejor vista, en la que la invasión de la intimidad de los vecinos se produce desde la Giralda de Sevilla a través de unos anteojos especiales
[3] En Islandia, 300.000 habitantes y tres veces la extensión de Galicia, cuenta Milan Kundera en El Encuentro, que para soportar la soledad los granjeros apuntan sus prismáticos hacia sus muy lejanos vecinos de las otras granjas que hacen lo mismo que sus vecinos. El  libro de Locke, no deja dudas de que se trata de algo más que de soportar la soledad. El mismo Kundera habla de, “se espían unos a otros” y no hace mucho que en Nueva York ocurrió algo semejante. Los ópticos informaron de ventas masivas de pequeños telescopios que no eran precisamente para observar los cielos sino las ventanas de sus vecinos.

[4] En The Lyttelton- Hart –Davis Letters, 1952-1962, A selection, 2001, Editorial John Murray, uno de los libros epistolares más hermosos que he leído (y no fueron pocos), Hart-Davis escribe a Lyttelton, que Sir Lionel Philips, un multimillonario africano, tenía setenta jardineros en su casa de Hampshire (además de otros  muchos criados para los demás servicios).